La Ruta del Gran Santander. 1.De Pamplona a Piedecuesta

 


Hoy día, acostumbrados a los vehículos veloces, concebir en nuestra mente  que para ir a otra ciudad pudiesen pasar días enteros caminando o a lomo de mula entre senderos cobijados por  la niebla y  no por gusto, sino por la necesidad de llegar a un destino, a una cita, se hace sumamente difícil de imaginar y más si para ello se surcaban montañas y ríos por entre caminos que se perdían en la inmensidad del Páramo, el solo pensar en aquellos valientes hombres que acomodaron piedra por piedra y que aun se encuentran en su lugar después de más de cuatrocientos años de haber sido ensambladas, mientras los muros que hoy se hacen no duran ni treinta, un recordatorio de la sabiduría y tesón de las personas que nos precedieron.

Saliendo de Pamplona buscando el cerro Oriente iniciaba la primera Jornada hasta llegar a Mutiscua, un recorrido por entre bosques de niebla y pastizales, al cruzar por la antigua hacienda de la Caldera donde cuenta la historia Nació el General Camilo Daza un insigne hijo de Mutiscua y pionero de la aviación, kilómetros del antiguo sendero que aun se conservan entre estas tierras fértiles y llenas de vida hasta llegar a el Pueblo de Mutiscua que con sus calles de mármol nos recibe, al seguir el recorrido se inicia un ascenso continuo donde paisajes majestuosos coronados por cimas casi inalcanzables acompañan nuestros pasos, nuevamente un bello tramo de camino trae a nuestros oidos el sonido de las herraduras entre las piedras mientras subimos por el silencio hasta llegar al mortiño, la piñuela y luego la Laguna, aquel Oasis de viajeros lleno de gentes con rostros antiguos como sacados de una villa del norte de España ensimismados en sus labores mientras el frio de sus 3300 metros cala en los huesos.

El capricho de la montaña hace que el camino siga sus formas y arrugas descendiendo hasta llegar al antiguo Silos, pueblo de hermosa arquitectura e historias fantasticas  anclado en mitad la montaña desde hace casi cinco siglos, seguimos bajando hasta cruzar el caudaloso rio Caraba por un ya desvencijado puente que hace mucho debió de jubilarse o reglamentar su uso para que no corra la suerte de el de Mutiscua o Chitaga así sus nietos parezcan más enclenques que sus ancestrales vigas.


El ascender esa montaña es otro cuento y empieza a entenderse cuando miras al fondo y bien abajo se ve La Laguna!!, allá al otro lado dando inicio a una travesia por el verdadero Páramo,  mientras una suave llovizna detiene nuestro paso, divaga nuestra mente emparamada!  -que carajos hago acá! y de pobres todos, todos! los que lo cruzaron este inmenso llano, un sueño despierto de ancestros cruzándo, de viajeros perdidos por la densa niebla o jóvenes aventureros convertidos en comida del cóndor por cuenta del intenso frio paramuno, Caraba ya no se ve, Silos tampoco, es un paisaje de niebla y lluvia  y de pronto el paisaje se abre misterioso, mostrándonos por un momento la Ruta, pero pronto se llena nuevamente de niebla quedando a merced del instinto del vaquiano que guiado por las señas que el camino le va dando sigue el recorrido,entre estos valles el caballo y ante todo la mula se hacen tan indispensables cómo la ruana o el sombrero, andar a pata pelada estás inmensas llanuras frías y fangosas hacen que caminar se vuelva una tortura hasta para los propios equinos que ven como se hunde entre el frágil suelo lleno del agua del invierno. Lagunas y quebradas acompañan nuestro paso, marcas en la tierra como surcos dejados por carretas nos indican por dónde seguir, horas y horas entre frailejones que resguardan el lugar. Cuando ya por fin se logra cruzar el inmenso valle un paisaje más amable se abre ante los ojos, un exhuberante bosque lleno de palmas y helechos gigantes donde el canto de sus habitantes lo convierten en una sinfonía ruidosa que parece no tener final, seguimos por un camino lleno de fango y rocas por dónde  parece por momentos bajamos arrastrados, patinando en el terreno sin perder nunca el equilibrio. La jornada termina con el aroma a panela y tabaco, a aguardiente alentando con la cercanía del pie de la cuesta, el Oasis de esta inclemente aventura.


Por siglos cientos o tal vez miles de viajeros transitaron estás montañas, rebuscaron sus pasos entre estos caminos olvidados, en sus rincones parece aun escucharse el golpe de las herraduras sobre sus piedras y los gritos de los arrieros  apurando las bestias, una algarabía solo silenciada por las las aves que por allí habitan que  como las guacamayas de Humbolt mantienen la riqueza de este paisaje inefable y fabuloso.
































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