Del Santurban al Sibundoy

 


El haber nacido en estas montañas  nos da una perspectiva limitada de como es Colombia, nos hace pensar que todo está rodeado de cumbres imponentes e inclementes paramos, nos hace pensar que todos en el mundo comen caldo con huevo y arepa al desayuno y que por más dura que esté la cosa nunca falta la papita  en cada plato del día, pero, es solo pasar de Bucaramanga y ya se empiezan a  percibir cambios, las aromas y los sabores son más acentuados, más coloridos y con una sensación de calentura que a nuestros páramunos cuerpos nos hace sudar por todos lados, nuestra innegable procedencia salta a la vista y galones de sangre enrojecen nuestros rostros, nos hace sudar como caballos y solo vamos bajando por la selva montañosa que circunda Bucaramanga y aun la cosa se pone peor si a donde vamos es a Cúcuta donde los calores son más intensos y destapan hasta los poros más sellados por el hielo de diciembre.

Pero pasar el centro del país por la bien llamada ruta del Sol es otro cuento, es un calor más allá de lo humanamente soportable y que los lugareños comparten con estoicismo sentados en hamacas o en taburetes desde donde ven la vida pasar y tan pronto llegan las horas de la tarde o la madrugada se activan con el fresco hasta que la canícula lo permite, horas y horas de camino por entre llanuras interminables hasta llegar a Neiva donde parece que el Río Grande se hace más ancho y lento, como disfrutando de la sombra de los árboles de la Rivera. 

Desde ahí es como si cambiará algo en el territorio, se empieza a sentir la selva y lentamente nos vamos acercando a bosques interminables, aun protegidos y que no ha colonizado el café ni la palma, un bosque que nos hace sentir su exhuberancia un poco inusitada, en el aire un aroma achocolatado activa los sentidos y nos acompaña durante el viaje hasta que volvemos a trepar montañas, un paisaje familiar activa nuestros genes montañeros maravillados de ver cómo se levantan majestuosas, guardianes ancestrales de un territorio más allá del tiempo, algo sagrado, algo que se percibe en sus formas y rostros, y el aroma achocolatado cambia por uno más añejo, uno más sagrado... Un vínculo milenario con la tierra honrado  en cada acto, en cada esquina, un pasado que quiso ser arrancado del mil maneras pero aun, su pueblo empieza a recordar, a volver a la raíz y a recuperar su pasado ancestral, su memoria y tradiciones, saberes tan necesarios en este mundo cambiante y problemático donde da esperanza saber que existen refugios del conocimiento y del ser como el resguardo Vichoy de la Familia Tisoy, un viaje a la raíz de nuestros ancestros que nos recuerda lo que éramos y que aun seguimos siendo, esa memoria genética que nos conecta con la tierra, con un pasado que sigue muy presente.

infinitas gracias por su hospitalidad y conocimiento, Pay desde el Santurban...



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